domingo, 10 de marzo de 2013

#Día 2. ¡Pelea, fascista! (parte 1)

8. Marzo. 2013

[Una mujer gangosa octogenaria (pero adorable a su modo), una señora muy peripuesta y con pinta de pepera (violenta), un cuerno quemado y una pelea sonora con el vinilo de ¡Pelea!, evitando la catástrofe natural en el trayecto Granada-Linares...]

El viaje de Granada a Linares ha sido poco accidentado. Eso quiere decir que ni el bus ha ardido, ni ha conducido sin frenos, ni se ha quedado parado en medio de la nada, ni hemos chocado con un "choque-frontal-controlado" contra un tren, ni hemos tenido que caminar durante un par de kilómetros para llegar a una estación perdida por una vía situada en un puente (alentando a un señor que tenía miedo a las alturas y a una señora con una reciente intervención de menisco), ni nos hemos montado en un coche que nos ha recogido de una carretera secundaria y que nos quería llevar hacia Córdoba sin razón alguna, ni me ha entrado un ataque severo de asma por la suciedad del bus, ni he tenido que llegar en taxi de Jaén a Linares porque el chófer se negaba a continuar a partir de un pueblo x, ni he tardado cinco horas y media en hacer un trayecto de una hora y cuarto, ni el chófer ha decidido dejar tiradas a varias personas en la estación y arrancar sin mirar atrás, ni ningún pasajero ha amenazado con matarnos por nuestra implicación con las redes de pornografía en Internet. Es decir, no me han pasado ninguna de las cosas que me suelen ocurrir en el trayecto de Granada a Linares o en trayectos similares (la última me sucedió en un urbano de Granada). Me han pasado de verdad, no miento. Cualquier persona que haga este trayecto, especialmente en el tramo que va de Jaén a Linares, especialmente en la temeraria Travimeta, no se sorprenderá de lo que le hablo.

Caminar por las vías tras ser desalojada de un tren. Por qué no.

En Granada se ha montado a mi lado una mujer gangosa octogenaria (en adelante G.O.). No lo digo como risa, conste, lo digo para que se aprecie el grado de dificultad que entrañaba entenderla. Y además, era muy parlanchina. Y yo no entendía una mierda. A duras penas descifré que no había derecho a que viajásemos con esa lluvia y que podríamos morir. Me recordó a la mujer que tenía de compañera en mi habitación del hospital (con bellas vistas al cementerio), que suspiraba mientras me decía "Ay, míralo...el cementerio...ay, qué cerquita lo tenemos y qué poquito nos queda...ay..." (a lo que yo le contestaba "¡Le pillará cerca a usted, señora, que yo no tengo ninguna intención de morirme por cuatro colonoscopias!") Lo otro que me decía (la G.O.) no lo entendí hasta que la siguiente pasajera, la que se montó en Jaén sustituyéndola, me lo indicó: Teníamos un hueco en el suelo justo debajo de nuestros asientos y por ahí entraba de todo. Al montarme, y, cuando arrancó el bus, noté un calor insoportable y pensé que, una vez más, el chófer había decidido poner un clima subtropical para sus queridos pasajeros. Pero luego empezó a hacer un frío horrible y a entrar una especie de partículas que olían a cuerno quemado. Y yo no paraba de toquetear la parte de arriba, donde estaba el supuesto control de la calefacción, oligofrénica perdida, pensando que el foco del olor a cuerno estaba ahí.

La primera parte del trayecto estuve bastante mal, de hecho, hubo momentos en los que pensé seriamente varias alternativas para salir del bus en caso de que el dolor no remitiese (aunque podía esperar a que empezase su rutina de accidentes natural y ardiese y nos desalojasen). Perdida entre las mil combinaciones posibles, decidí dejar de pensar y permanecer lo más quieta posible (lo que hizo que aumentase el dolor de cuello típico que tenemos todas las personas que medimos menos de 1,85 al subir a un bus, gracias al diseño del asiento, con la parte superior echada hacia delante solo apta para que Pau Gasol descanse su cuello) Al parar en Jaén, me bajé a estirar las piernas y, al rato, me empecé a sentir mejor. De hecho, esta tarde es una de las que mejor me he sentido de salud en mucho tiempo, y me he alegrado un montón. Apenas recordaba cómo era estar medianamente sana.

Una ruta turística por la idiosincrasia jiennense, gracias a las tres horas de trayecto con itinerario absurdo, es posible.

En la estación de Jaén, cuando pretendía subir como el resto de los que nos bajamos a estirar las piernas, una señora muy peripuesta y con pinta de pepera (en adelante S.M.P.C.P.PP.) me dio unos golpecitos en el hombro y me indicó que la fila se iniciaba más allá. Yo, igual de educada (pero sin lanzar un contraataque de golpecitos y sin abrigo de bisón), le comenté que no tenía que picar ningún billete, que venía desde Granada y que mi asiento estaba allí, esperándome (mientras giraba sobre mi eje y señalaba con el dedito a un punto difuso entre un pasajero y una ventana). Y S.M.P.C.P.PP. dijo (nos dijo, ya que hablaba en modo dictador dando un discurso) que le daba igual, y empezó a soltar el soliloquio de los jóvenes maleducados y donde vamos a ir a parar y blablabla (al menos me llamó "joven", que últimamente me han llamado señora y me han confundido con una monja, cosa que ya contaré si me quedo sin principios). Mientras la señora me señalaba con gesto adusto, yo informaba de todo por Facebook a Lorena. Al subir, le dije, "a mí también me da igual" y me subí delante de ella. Obviamente, no me daba igual, incluso me parece una falta de respeto por mi parte, pero empezó ella. Ea.

Cuando caí - literalmente - en la cuenta del agujero en el suelo de mi asiento y mi nueva compañera me informó de lo que sucedía, busqué con la mirada al estilo periscopio un asiento mejor, pero el bus estaba lleno y la señora peripuesta seguía insultando a mis familiares más cercanos, así que no podía moverme. El resto del viaje transcurrió sin más incidentes, salvo alguna amenaza verbal de S.M.P.C.P.PP., especialmente después de mi incidente con ¡Pelea!: Estaba escuchando la canción de ¡Pelea!, del grupo ¡Pelea! y cuya filosófica letra es:

¡Pelea! ¡Pelea!¡Pelea!
¡Pelea!¡Pelea!¡Pelea!
¡Pelea!¡Pelea!¡Pelea!
¡Pelea!¡Pelea!¡Pelea!

¡Pelea!¡Pelea!¡Pelea!
¡Pelea!¡Pelea!¡Pelea!
¡Pelea!¡Pelea!¡Pelea!
¡Pelea!¡Pelea!¡Pelea!


Supéralo, Pablo Alborán. 


Como es una canción que me encanta, la puse a toda leche en mi mp3 (el mp3 de V porque el mío lo he roto  y este también), sin acordarme de que, al final, hay un grito despiadado y revientatímpanos. Me llevé un susto de la leche, me quedé medio sorda y los pasajeros que se sentaban a mi alrededor se asustaron también y me miraron mal.


Acabo con la canción de ¡Pelea!, y en el próximo post seguiré contando esta magnífica jornada. He vuelto a escribir y, aunque de momento solo es esto, ya van dos días.






(Publicado originalmente en A golpe de Tecla)
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Contenido Extra:

El mazacote que veo desde el despacho (sin mojar)



¡Pelea! es un vinilo recomendadísimo. Ya he hablado de él en otros post en el Azatioprina® (pero soy the best of lo peor y no voy a buscar los links). Puedes escucharlo aquí










  Y gracias por los "me gusta", los +1, los comentarios y los e-mails de muestras de cariño (y las cenas a las que espero ser invitada y los yates con los que espero ser remunerada). De verdad.