martes, 12 de agosto de 2014

Si Pavlov no fuera gore.


Tengo una bolsa de tela lo suficientemente resistente como para aguantar el peso de la comida. Voy en chanclas a la Andrea, me saluda alargando mucho la a de "buenaaas" y la a de "prendaaa":

Buenaas prendaaa.

Así.

Creo que, como el perro de Pavlov pero sin gore, ha aprendido que habrá una cierta asiduidad en mis visitas a su tienda. Que ya soy, en cierto modo, un engranaje más del atrezzo del barrio de San Nicolás, que soy nueva y que, al mismo tiempo, ya no.

Compro un cartón de leche, una barra de pan, un paquete de atún y cuatro nectarinas, a las que les baja el precio mientras me guiña un ojo. Nada relevante y, sin embargo, suficiente.

Este es el primer verano que no siento un calor sofocante desde hace muchos. Supongo que es una recompensa kármica del pasado invierno. 

Ni siquiera tengo ventilador.

Recibo una llamada. Oigo unos balbuceos al otro lado de la línea. Le cuento lo que he hecho esta mañana, seguramente no entiende nada, aún así repite combinaciones aleatorias de sílabas, probaturas.

Creo que he asistido a la primera vez que dice "mucho".

O lo mismo es cosa mía.

Me ha ofrecido cortésmente su chupete. Desde que lo conozco, fue muy inglés y también fue muy un-elemento-importante-de-una-suerte-de-engranaje-totalmente-nuevo-para-mí

El sentimiento de pertenencia.

El arraigo. Sin "des" delante.

Desde la ventana veo que pasa el afilador. Yo tenía una flauta de esas cuando vivía en Córdoba. Me pregunto en qué momento dejé de tenerla.

Alguien canta fuera de tono "una noche loca" a unas casas de la mía.

Tardo siete minutos exactos en llegar al bus. Luego, tardo tres minutos en dejar de prestar atención a la conversación que el chófer tiene con otra de las que se sube todos los días. Creo que a su modo están ligando. Supongo que un día él le dirá de tomar algo al salir.

Pero aún no.

Cuando el bus arranca, estoy a veinticinco minutos del trabajo. Cuando me bajo del bus, atravieso un parque en el que hay extranjeros con sombrero leyendo bajo un árbol. La fuente se refleja en la piedra y crea formas que siempre me paro a mirar un par de minutos. 

25+2= 27

En el trabajo a menudo me paso del horario de salida. Porque me llena. Está muy por debajo del nivel que reclama mi cv. También en cuanto a sueldo. Pero no soy ambiciosa en ese aspecto. Creo que es más importante que me llene. Y que también lo hagan esas personas con las que comparto horas de trabajo.

Que también formen parte del engranaje del sentimiento de arraigo.

Cosa que hacen sobradamente.

Cuando salgo, ella me está esperando y entonces vamos en moto por la ciudad. Es agradable ir en moto en verano. Es agradable abrazar a alguien en moto en verano.

Cenamos algo que he cocinado improvisando. Esta vez ha salido bueno.

Follamos y leemos a Houellebecq y yo lloro y no estoy exagerando. Es que es demasiado bueno. No puedo tramitarlo. 

Ni los poemas ni el polvo.

Volvemos a follar y luego dormimos. La tapo porque aquí hace frío por las noches.

No sueño pesadillas. No sueño con nada relevante.

Me despierto y la miro un rato antes de levantarme a hacer el café y escribir lo que ahora estás leyendo. Pienso cual es el precio que hay que pagar por esto. Todos los días me lo pregunto, desde hace tiempo, porque todos los días sé que el precio económico que cuesta es poco, pero tal vez no pueda llegar a pagarlo mañana. Pienso en el precio no pecuniario: pienso el precio de tener un sentimiento de pertenencia, después de toda una vida de desarraigo. Pienso cuanto cuesta vivir obviando lo máximo posible el sistema, y siendo al mismo tiempo indiferente para él. Pienso en el valor de obviar las prioridades que impone, las ambiciones insalvables. Pienso en el precio. Pienso que tal vez esté bien pagarlo. Pasar así a la historia. Siendo nadie. Pero un nadie que se deleita de las minuciosidades que cada día hacen que sea agradable vivir.

Tengo miedo a que se acabe pero al mismo tiempo sé que podré encontrar fórmulas para sobrevivir. A eso no le tengo miedo. Tengo miedo a otras cosas. A veces, lloro, siempre lloro cuando hay algo que no sé tramitar, que no puedo entender. A veces lloro por algo terriblemente hermoso, otras lloro por algo terrible, sin más.

Muchas veces lloro por las personas a las que le jode esta fórmula, este modus vivendi, estos estímulos. Que les joda me da igual, lo que me hace llorar es que intenten destruirla. Que intenten enseñarme que, ante un estímulo, ahí está la posibilidad de una descarga eléctrica. 

Esos días sí que tengo pesadillas y me despierto gritando y desubicada. Por todos ellos, los Pavlovs. Entonces ella me tapa a mí. 

...

Hace un año reclamaba al universo un poco de justicia. Que ya estaba bien, que ya bastaba de tanto mal injustificado, tanta estética de la crueldad. Luego todo estalló por los aires. Y ahora, ahora estoy a punto de coger una bolsa de tela lo suficientemente resistente como para aguantar el peso de la comida. 

La justicia es encontrar algo a lo que merezca la pena arraigarse.

Pasar así a la historia. Siendo nadie. 

Voy en chanclas. Andrea me dice buenaaaas prendaaa.

...

El condicionamiento clásico, también llamado condicionamiento pavloviano, condicionamiento respondiente, modelo estímulo-respuesta o aprendizaje por asociaciones (E-R), es un tipo de aprendizaje asociativo que fue demostrado por primera vez por Iván Pávlov. La forma más simple de condicionamiento clásico recuerda lo que Aristóteles llamaría la ley de contigüidad. En esencia, el filósofo dijo "Cuando dos cosas suelen ocurrir juntas, la aparición de una traerá la otra a la mente". 

Pavlov estudió también la "discriminación de estímulos". Es decir, que tanto el sujeto aprende a comportarse de manera diferente ante estímulos distintos, que anuncian a otros estímulos. En uno de los ejemplos más conocidos, logró que sus sujetos salivaran ante círculos que anunciaban la presencia de comida y se comportaran de la manera típica de su especie ante estímulos aversivos, tales como descargas eléctricas, en presencia de elipses. Es decir, los perros brincaban, aullaban, se tensaban, etc., ante elipses, pero salivaban ante círculos, si en su historia, cada uno de esos estímulos se presentaba consistentemente como "anuncio" de los estímulos incondiciones correspondientes (choques eléctricos ante las elipses y comida ante los círculos) (Millenson, 1974).
...
El teatro de la crueldad es un movimiento teatral muy heterogéneo, inspirado en las ideas del escritor francés Antonin Artaud, expuestas en su libro El teatro y su doble (1938).
La base en la que se inspira este movimiento teatral es la de sorprender e impresionar a los espectadores, mediante situaciones impactantes e inesperadas. Con esto se pretende dejar una huella en el espectador, que la obra lo marque.
Estas vagas ideas han dado lugar a numerosas propuestas muy diferentes entre sí. Algunas tendencias interpretan el teatro de la crueldad como una obra que toque las fibras íntimas del público por el mero deslumbramiento y ritualización del espectáculo teatral, en el cual se explotan al máximo sus posibilidades físicas y visuales.
Otra tendencia, más radical, plantea que se debe golpear sentimientos primarios del espectador mediante escenas violentas y chocantes para captar su atención (un claro exponente de esta tendencia, conocida en inglés como "In-yer-face" -en tu cara- es el británico Martin McDonagh, célebre por sus obras de violencia y sadismo). Esta aplicación extrema de las ideas de Artaud ha ocasionado polémicas sobre el valor estético de la tendencia (que se considera que desvirtúa la idea original), ya que un público traumatizado se preocupa más por el golpe emocional que por la trama misma.

(adaptado de la Wikipedia)
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(...) Determinad la inocencia y la culpabilidad.

(Houellebecq)