sábado, 28 de febrero de 2015

Ella me confundió con otra persona que no era yo.

"Pero no era uno de los nuestros, era distinto, aunque no fue por eso que lo mataron, sino porque se parecía a lo que nosotros imaginábamos que tenía que ser."




P1: Estaba en un rincón de la Facultad, fumando. Se me acercó un chico, sonriendo. Hizo un gesto, intento de abrazo. Luego me miró extrañado, como saliendo de un breve letargo provocado por un spray-pimienta anti-violadores. Perdona, dijo, te he confundido con una persona que no eras tú. Es que, así de lejos, sois iguales. Pues esa persona tiene mucha suerte, dije yo, intentando sacarlo de su aprieto tierra-trágame (y quizás parecer gilipollas) Después de observarme con una risilla perenne, como si fuera un sistema operativo que se ha quedado colgado, se sentó a mi lado e intentó iniciar una conversación inició una conversación. Después de un rato en el que yo empecé a estirar gradualmente los silencios más de la cuenta mientras le indicaba que "tenía que volver"(sin decir nunca adónde), se fue y cuando al cabo de una hora me volvió a encontrar por los pasillos, me siguió con la mirada, buscando encontrarse con la mía, para poder ejercer de nuevo su derecho a una conversación.

Me confundieron con otra persona que no soy yo.
Así, de lejos, somos iguales.

Pero no.

El caso es que, para este chico, le daba igual que yo fuera esa otra persona o yo misma. Él sólo quería hablar con alguien porque estaba solo en la Facultad y eso, como en los patios de recreo de los institutos, es demasiado duro. Tal vez ni siquiera me confundiera con otra persona, tal vez sólo fuese una técnica pseudo-lícita para no estar solo. Me prometí saludarlo cuando lo viese por los pasillos, solo, incluso preguntarle que cómo le había ido el día. Incluso sentarme con él a tomar el sol y explicarle a qué voy en realidad a la Facultad. Temía un poco su mirada de sistema operativo colgado, pero me sentí mal mirando hacia otro lado cuando buscó que nuestros ojos se encontraran.

P2: Últimamente, me he dado cuenta de la cadena de absurdeces (y no me refiero al hecho P1, que es bastante normal) que vivo y en lo poco que tengo oportunidad de manifestar siquiera que el mundo se ha vuelto loco y que estamos hablando de eso: absurdeces. Me siento un personaje secundario de mi propia vida en una película de, pongámosle Kusturica. Mi modus vivendi se basa en asistir a situaciones estúpidas, gratuitas y que, expuestas ante un jurado ajeno y objetivo, simplemente parecerían el argumento de eso, una película. Una sucesión de personas vive enajenada y perennemente enfadada conmigo. A veces los observo, observo la vena de su cuello, mientras exponen sus argumentos, del todo absurdos, de los cuales me culpan sin que yo pueda hacer nada ya que no hay nada en mi mano que pueda hacer. Son cosas profundas, instauradas casi en su sistema límbico: se preguntan por qué les pasa algo, y la única respuesta posible es venir a gritarme que haga como sea para que deje de pasarles y/o a continuación a culpabilizame de que no he tenido tal poder. También se enfadan mucho conmigo porque no actúo como un ser perfecto omnipresente y en absoluto terrenal. Y cometo fallos que, puestos en una balanza, son nimiedades en comparación con los que cometen las personas que me culpabilizan de todo. Alguien que ha sido capaz de hacerme barbaridades alegando simplemente que yo estaba ahí y me usó, se jacta de gritarme que soy una persona horrible por no poder quedar debido a que tengo una hemorragia interna y en ese momento estoy en urgencias. Como digo, es absurdo. E injusto y casi me atrevería a decir despiadado.

Me siento permanentemente observada, a la espera de que cometa algún fallo en el sistema de cosas que debo hacer según esas personas. Lo peor del asunto es que es imposible adivinar qué es lo que debo hacer y además, haga lo que haga, nunca es suficiente; siempre hay algo nuevo que encuentran rebuscando para acusarme de nuevo de que he hecho algo mal. Generalmente, todo esto pasa ajeno a mí. Pasan los días y de repente (cada día es una persona diferente) aparece alguien en mi casa totalmente colérico y explicando todo lo que he hecho mal a pesar de que yo en ningún momento he estado ni siquiera presente ni he sabido nada del asunto. En cualquier caso, da igual que clame al cielo, que guarde silencio o que haga un número pirotécnico-musical; casi nadie se molesta en quitarme su versión de mí y mirar a la persona que soy en realidad y entender que nada de eso que me exigen está en mi mano cumplirlo (en mi técnica nefasta por intentar solucionar el problema, he pedido perdón infinidad de veces, he quedado con hemorragias y he cumplido fehacientemente como he podido todos los deseos de mis interlocutores, pero esto sólo ha servido para empeorar las cosas, aumentar la relación rey-súbdito y encontrar nuevas exigencias y reproches para mí)

Yo, que me he pasado gran parte de mi vida o en un hospital o en reposo, limitada y mirando por la ventana la vida que podía estar viviendo, suelo huir de los problemas gratuitos y relativizar mucho las cosas. Más allá de mis procesos de enfermedad, creo que las personas que queremos muchas veces la cagan, o no actúan como quisiéramos o nos hacen daño. Y he aprendido a olvidar pronto los "errores" de los demás y a no enfadarme demasiado por ellos. En el día a día de las personas que tienen una relación estrecha, los roces son comunes y no por ello memorables y causa y motivo del fin de una relación. Aún así, he asistido con impotencia a muchas de estas personas sacándome de sus vidas, con un odio extremo, sin tener motivo alguno para ello, salvo que no he cumplido sus divinas expectativas.

Y todo esto sin encontrar aún explicación, sin saber qué hacer, y dando por sentado que, en realidad, si este patrón se repite tanto, es culpa mía.

Pero, como diría Mourinho: ¿pur qué?

P3: Hay un hecho que siempre me ha fascinado: la necesidad de determinado sector de la población que necesita encontrar un tótem y volcar en él su:

Furia
Megalomanía
Necesidad de rebuscar en la basura de otro
Necesidad de cargar a otro con las culpas de un mundo despiadado/deshonesto/poco guay
Parafilias mal tramitadas
Aburrimiento
Necesidad de llamar la atención
Objeto contundente

Yo, por alguna extraña razón que nadie se explica, he ejercido numerosas veces de tótem, persona especial o llámalo-como-quieras en la vida de muchas personas. A la vez. Este es el problema. Puedo agradecer y agradezco que nunca o casi nunca que yo recuerde he sentido eso tan común de sentirse sola, no tener a nadie, no tener con quien quedar, etc. Incluso en periodos de mi vida en los que me he desentendido del mundo, o en aquellos que la saturación de los acontecimientos y la inseguridad me han llevado a intentar aparentar ser gilipollas, prepotente y estúpida y cargada de defectos para que los demás no me puedan tener como tótem, incluso en esos periodos, no me he sentido sola. Y creo que tengo, como todo el mundo, cierto miedo a la soledad y sé que cuando la sienta (porque la sentiré) será horrible para mí porque no estaré preparada.

El caso es que sólo suelo encontrar entre mis congéneres dos opiniones sobre mí: "La odio" o "La amo". Nunca un "me cae bien", nunca un "me la trae al pairo". Soy, o la persona más maravillosa de la creación o la más deleznable. Realmente, no hago nada que merezca ni una catalogación ni la otra. Si no presto una atención extrema a las personas que me consideran tótem, su ira se vuelve contra mí. Es lo único que sé. Y eso me hace muchas veces actuar "por miedo a" más que "por ganas de". Otro error.

De verdad, nunca he sabido por qué y, más allá de la explicación del tótem, es algo que me asombra (incluso a otras personas les asombra, quizá las pocas que me tienen por alguien pseudo normal) Aunque tenga sus cosas buenas ser un ídolo de masas, la mayoría de las veces es una mierda.

¿pur qué?

P4: Lo cierto es que me siento sin ningún derecho a ser yo, con mis cosas buenas y malas (no maravillosas y deleznables), a tomar mis propias decisiones, a atender y escuchar y a pasar el rato con personas no con riguroso orden de porcentajes de tiempo que según ellos debo gastar en su compañía (generalmente, el 100% de mi vida), porque si lo hago, estoy jodiendo en cierto modo la imagen de tótem, una versión de mí despiadada o perfecta que, por otra parte, es muy cómoda para echar balones fuera y que las culpas del vacío, insatisfacción, etc sean de otro.

P5: Entonces y según decía, mis días suceden así: levantándome temprano, echándome un café y asistiendo al espectáculo de ver a un cúmulo de personas que se golpean por coger mejor sitio en la ventanilla de Chá: Quejas y reclamaciones. Hasta ese momento de la madrugada en la que ya les entra sueño y entonces, sólo entonces respiro aliviada por un momento de sentirme sola con mis circunstancias e intento relajarme y escribir o leer o x, pero no puedo la mayoría de las veces, porque estoy tan cansada, angustiada, estresada y enferma que me la paso llorando hasta el agotamiento, preguntándome por qué nunca es suficiente, porque pierdo a las personas que quiero por motivos absurdos, por qué se enfadan conmigo por ídem.

¿pur qué?

Sólo me gustaría que alguna vez se parasen a pensar racionalmente qué es lo que he hecho mal. Y si eso que sienten hacia mí no es simplemente carencias propias que, cuando golpean, hacen entrar en modo panic in the dark y salir corriendo a tu tótem más cercano en plan quítamelo, quítamelo.

Sólo me gustaría que alguna vez se parasen a pensar en todos mis intentos, paciencia y demás por intentar ayudarlos a encontrarse bien.

(Mientras escribo esto, espero la llegada de dos e-mails parrafadas en los que me van a recordar lo horrible que soy: uno porque he visto un mensaje y he contestado más tarde porque perdía el bus y otro porque no he dado a "me gusta" a un página)

Me reclaman, sí, cosas absurdas. Me exigen cosas que no está en mi mano dar, promesas de un mundo mejor en el que ellos estén bien consigo mismos. Me culpan de no haber superado su fase anal, del agujero de la capa de ozono, del ascenso y caída del Tercer Reich. Todas estas personas, curioso, tienen el mismo patrón y el mismo corte. Yo intento asimilarlo, pedir perdón por cosas que ni siquiera sé qué son, me muevo en un vaivén de manos coléricas que tienen mucho que decir sobre mi persona, mucho odio concentrado en micromotivos totalmente ajenos a mí por los cuales yo soy la peor persona de la faz de la tierra y segundos después la más absolutamente maravillosa.

Pero ahora lo entiendo, es que me confundieron con otra persona que no era yo.

Otra versión de mí, otra persona que se me parece.

En cualquier caso, da igual, me mirarán como saliendo de un letargo producido por un spray antivioladores y se sentarán a mi lado. Iniciaremos una conversación y, después de un rato en el que yo empezaré a estirar gradualmente los silencios más de la cuenta, me querré ir a mi propia versión de mí misma. Pero no podré. Porque me gritarán y después susurrarán y en ningún caso yo entenderé una palabra.

Comenzó una noche cualquiera y aún no lo he sabido parar.


Ella gritó y después susurró
y en ningún caso yo entendí una palabra.
Dijo que sí, siempre estaría allí,
y después pretendió que le diera las gracias.
Comenzó una noche cualquiera
y aún no lo he sabido parar.

Ella corrió, dijo: "ven tras de mí",
y el polvo que levantó me cegó completamente.
Me señaló, dijó: "es el mismo error".
Yo traté de explicar que era un error diferente.
¿Qué más da? Se trata de errores.
Qué más da, si el peor de ellos fue
que ella me confundió
con una persona que, obviamente, no era yo.

Ella aportó ante el juez cartas y
yo juraré que aquella no era mi letra.
Puso en mi boca frases que a mí
me sonaban a pura jerga extranjera.
Señor Juez, esa no es mi ropa.
No, aquel no es mi neceser.

Una noche salí, vi a un anciano morir.
Me quedé y le robé su dentadura postiza.
Ahora sí, ya te puedo mirar
y lucir a la vez una enorme sonrisa.
¿Qué más da que la gente muera?
Qué más da, si tienen que morir.
Ella me confundió
con una persona que, obviamente, no era yo.

Me lo podéis discutir, y hasta contradecir,
pero sé lo que viví, rezando día y noche así:
Dios mío, haz que me olvide o que se muera.


Ella volvió. Oh sí, ella volvió,
y no tardó en declararme su amor tan profundo.
Hagamos que todo empiece otra vez
y termine con el polvo más triste del mundo.

¿Qué más da que el amor renazca?
Qué más da, si en el fondo yo sé
que ella me confundió
con una persona que, obviamente, no era yo.


(bso cortesía de A.)


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Y esto no solo le ocurrió a ella.


Le ocurrió a mi familia, a mi profesoramisamigoslamadredemitercervecinoalseñordiosdelasalturas al...


así que lo mismo sí, la culpa es mía.


Que me confundo con otra persona que no soy yo y asisto como mero títere a las culpas y las cargas que los demás tienen pensadas para mí.


Y ya vale madre y vale verga. Porque yo me planto.


Dear Haters: Vosotros que tenéis tanta culpas preparadas para mí, tantos motivos por los que ya-nos-daremos-todos-cuenta-de-cómo-soy.


Dear Haters: Personas que consideráis que no tengo derecho alguno a pensar, decidir y actuar bajo mi libertad como persona y bajo mis principios éticos, si no bajo vuestros caprichos.


Dear Haters: ¿qué pasa si cierro la ventanilla de quejas y me voy? ¿vuestra vida será mejor?


La mía sí.


Dear Haters: Hay otros modos de procrastinar. Ahí os quedáis con vuestra imagen de mí. Yo me voy.



(He encontrado esto entre los borradores del blog. Es de hace tiempo, pero nunca pasa de moda.)

[Actualización posterior]: Aunque al principio puse una "clean version", me he decidido a ponerla íntegra. Al fin y al cabo, este ordenador sí puede escuchar la versión real de mí. 

Tal vez para luego quedarse pillado, como un sistema operativo que se cuelga.


*por favor, qué entretenido es este vídeo.


[Reflexión actual]: ¿se puede ser el doppelgänger de uno mismo?