viernes, 27 de febrero de 2015

Tú me deseas el mal.

Tengo, desde hace una semana más o menos, tu cubo de Rubik encima de la mesa. Apareció por casualidad (por lo mismo que apareció el Manifiesto Bicoide de la entrada anterior), junto a La Foto Efímera.

Lo miro, unas veces con desdén, otras con desidia. Lo cojo y lo muevo en modo random, observo sus colores, su multitud de combinaciones (43.252.003.274.489.856.000, exactamente) a cada cual más dañina. Dos o tres veces lo he lanzado con rabia y te he odiado. Sé que hay una fórmula, pero nunca me he parado a pensar cuál es.

Tal vez si lo pensase tampoco me saldría.

Tampoco te la preguntaré. Porque tú la sabes, seguro que la sabes.

He tardado unos cinco años en ver Waking Life. También apareció por casualidad. Decidí no terminar de verla. Momentos después, estalló mi disco duro, quizá como respuesta.

Dios me desea el mal.

¿recuerdas cuando hice La Foto Efímera? La revelé echándole sólo líquido revelador, pero no el fijador. Entonces, iba cambiando de color por el efecto de la luz, hasta que acabó quedándose completamente blanca. Nosotras mirábamos la foto durante horas, observando el lento proceso de mutación, maravilladas de que algo tan perfecto pudiera existir. Ese proceso mágico de cambio de colores me recordó a las obsidianas. Tú no sabías lo que eran las obsidianas.

Ese fue el único día que te gané.

El caos y tú siempre quisisteis retarme. Os miro, unas veces con desidia, otras con desdén, y cuando os dais cuenta, miro hacia otro lado. Os odio, porque, a día de hoy, no os he superado.

Dudo que lo haga alguna vez. Lo más cerca que estuve fue el día de las obsidianas.

...

Hemos cambiado de color y repetido irregularmente (43.252.003.274.489.856.000, exactamente) procesos. Sí, somos demasiado irregulares para ser descritas en términos tradicionales. Como las fractales. Autosimilares, generadas por un conjunto de puntos estables de órbita acotada bajo cierta transformación iterativa no lineal.


Fue fácil entendernos porque hablábamos el mismo lenguaje matemático. Fue fácil coger un puntero láser (modesto) y apuntar hacia todo, sorprendernos de todo, hacer miles de descubrimientos y dar con la fórmula. 

Para nunca aplicarla.

Todos los días, hay un momento en el que algo me recuerda las fractales. Su repetición, irregular y aparentemente caótica, tiene una perfección que sólo tú y un señor de la Varsovia entendisteis. Yo sólo me he atrevido a mirarlas con placer, sabiendo que hay una fórmula, pero nunca me he parado a pensar cuál es, porque, tal vez, si lo pensase tampoco me saldría. Tampoco te la preguntaré. Porque tú la sabes. Tú y ese señor de Varsovia.

...

Hoy me estaba preguntando algunas cosas y me decidí a escribirte. Tú no lo sabías, porque no quería tu respuesta en forma de nuevas preguntas, de multitud de combinaciones alrededor de puntos estables. Si no, mi cabeza iba a estallar como mi disco duro en 43.252.003.274.489.856.000, exactamente. 

Entonces han llamado a la puerta. Y me han dado esto:




Así que ésta es tu respuesta a mi pregunta. Tú, ejerciendo de Dios, me deseas el mal, no hay otra explicación. Ahí hay un orden perfecto, pero para llegar a él es necesario el caos. Tú sabes cuanto odio el caos. Y cuanto te odio a ti. Porque siempre me retáis y nunca os superaré.

...

La obsidiana rompe los tejidos con facilidad. Un arma hecha con obsidiana es dañiña. Pero su cualidad para romper y perforar y estallar, como mi disco duro, como yo, es lo que hace que también sirva para que las heridas cicatricen más rápidamente.

Lo curioso de la obsidiana es que, según su corte, tiene un color. Eso supone un montón de combinaciones, como el cubo de Rubik, como tú. Corte y color. Corte y confección.

La obsidiana es el germen de la casualidad. Es la superioridad de lo aleatorio. El desdén y la desidia hacia todo lo que no tiene su capacidad combinatoria. Es la máxima del caos, pero también de la máxima de lo perfecto. Tan poderoso como exacto, tan caótico como perfecto.

Todos los días, hay algo que me recuerda a las obsidianas.


Sé que hay una fórmula, pero nunca me he parado a pensar cuál es.

Tal vez si lo pensase tampoco me saldría.

Tal vez tú la sepas ya, antes de que la propia obsidiana la sepa, antes que ningún señor de Varsovia.

Antes de que yo la sepa, claro. 

Habrá un día en que te quedarás sin respuesta a mi pregunta. Pero será después de 43.252.003.274.489.856.000 preguntas, exactamente. Y será por casualidad. Porque tú eres casualidad pero un golpe de dados jamás abolirá el azar. Si no nos encontramos en el punto en el que es más lógico que nos encontremos nos encontraremos en el punto más inverosímil. 

Mallarmé, Pascal.






Sé que hay una fórmula, pero nunca me he parado a pensar cuál es.

Tal vez si lo pensase tampoco me saldría.

Tampoco te la preguntaré. Porque tú la sabes, seguro que la sabes.



Cosechando los restos de mi extinta urbanidad retraso lo imposible hasta el mientras tanto.

Considerando tu frecuente consejo tu frecuente manejo de la situación.




[Actualización posterior]: Este es el segundo día en el que te he ganado.
Me quedan 43.252.003.274.489.856.998 veces más, exactamente.



[Actualización posterior 2]: Últimamente, el mundo se ha vuelto loco debatiendo acerca de si un vestido es negro y azul o blanco y dorado. Seguramente, cuando lea esto dentro de varios años, me preguntaré si nos hemos vuelto gilopillas. Ahora sólo me pregunto si ese vestido es un tipo de obsidiana.