martes, 3 de marzo de 2015

Hombres sin mujeres. #Murakami.


Siento que ése fue mi primer encuentro con M. En realidad no fue así, pero si lo pienso de esa manera, todo cobra sentido. Yo tenía catorce años y ella también. Para nosotros fue la edad del encuentro perfecto. Así fue como de verdad debimos conocernos.

Pero luego M desaparece de pronto. ¿Adónde habrá ido? La pierdo de vista. Algo ocurre y, en el preciso instante en que miro hacia otro lado, ella se va sin más ni más. Cuando me percato, ya no está, aunque un rato antes se encontraba ahí. Quizá algún astuto marino la haya engatusado y se la haya llevado a Marsella o a Costa de Marfil. Mi desesperación es más profunda que cualquier océano que hayan podido surcar. Más profunda que cualquier mar, guarida de calamares gigantes y dragones marinos. Me aborrezco.

Ya no creo en nada. ¡Cómo es posible! ¡Con lo que me gustaba M! ¡Con el cariño que le tenía! ¡Con lo que la necesitaba! ¿Por qué tuve que mirar hacia otro lado? 

Pero, por el contrario, desde entonces M está en todas partes. Puedo verla en cualquier sitio. Sigue ahí, y la veo en distintos lugares, en distintos momentos, en distintas personas. Me doy cuenta. Yo metí la mitad de la goma de borrar en una bolsa de plástico y la llevé siempre conmigo. Como una especie de talismán. Como una brújula que marca el rumbo. Si la llevaba en el bolsillo, algún día encontraría a M en un rincón del planeta. Estaba convencido. Lo único que ocurría era que se había dejado engañar por las sofisticadas lisonjas de un marinero que la embarcó en un gran buque y se la llevó a tierras remotas. Porque ella era una chica que siempre procuraba creer en algo. Una persona que no titubeaba a la hora de partir una goma en dos y ofrecerte la mitad.

Intento obtener siquiera algún retazo de ella en distintos lugares, a través de distintas personas. Pero, por supuesto, no son más que fragmentos. Un fragmento es un fragmento, por muchos que se reúnan. El núcleo de M siempre me rehúye, como un espejismo. Y el horizonte es infinito. Tanto en la tierra como en el mar. Yo sigo desplazándome incansablemente tras ella. (...) Pero cuando llego, ella ya se ha esfumado.

En la cama deshecha permanece todavía el tenue calor de su cuerpo. (...) Pero ella ya no está. Los pesados de los marineros del mundo intuyen mi presencia y se la llevan a toda prisa a otro lugar, la esconden. Yo, claro, ya no tengo catorce años. Estoy más moreno y más curtido. Llevo barba y he aprendido la diferencia entre un símil y una metáfora. Pero cierta parte de mí todavía tiene aquella edad. Y esa parte eterna de mí que es mi yo de catorce años espera con paciencia a que un suave viento de poniente acaricie mi sexo virgen. Allí donde sople ese viento, allí estará M.

Ésa es M para mí.

(...)

Ni siquiera yo sé qué pretendo al contar todo esto. Supongo que intento escribir sobre la esencia de algo irreal.

Pero escribir sobre la esencia de algo irreal se asemeja a quedar con alguien en la cara oculta de la Luna. Está oscuro y no hay señales. Encima, es vastísima. Lo que quiero decir es que M era la chica de quien debí enamorarme cuando tenía catorce años. Pero en realidad fue mucho más tarde cuando me enamoré de ella y, para entonces, ella (por desgracia) ya no tenía catorce años. Nos equivocamos en el momento de conocernos. Como quien confunde el día de una cita. La hora y el lugar eran correctos. Pero no la fecha.

En M, sin embargo, todavía vivía aquella niña de catorce años. Yacía dentro de ella en su totalidad —no de manera parcial—. Si yo aguzaba bien la vista, podía vislumbrar su figura, que iba y venía dentro de M. Cuando hacíamos el amor, a veces envejecía espantosamente entre mis brazos y otras se transformaba en niña. Siempre transitaba de ese modo por su propio tiempo personal. Me gustaba esa faceta suya. En esos momentos yo la abrazaba con todas mis fuerzas, hasta hacerle daño. Quizá hiciese demasiada fuerza. Pero no podía evitarlo, porque no quería entregársela a nadie.

No obstante, llegó de nuevo el día en que volví a perderla.
Y es que todos los marineros del mundo van tras ella.
Solo, soy incapaz de protegerla. Cualquiera tiene un despiste en algún momento. Necesito dormir, ir al baño. Incluso limpiar la bañera. Picar cebollas y quitar las hebras a las judías.

Necesito revisar la presión de los neumáticos del coche.

Así fue como nos alejamos. Es decir, ella se fue distanciando de mí. Detrás, claro, se hallaba la sombra infalible de los marineros. Una densa sombra que trepaba sin ayuda de nadie por los muros de los edificios. La bañera, las cebollas y la presión del aire no eran más que fragmentos de una
metáfora que esa sombra se dedicaba a esparcir como quien esparce chinchetas por el suelo. 

Seguro que nadie imagina cuánto sufrí, lo hondo que caí cuando ella se marchó. No, es imposible que alguien se haga una idea. Porque ni siquiera yo logro recordarlo. ¿Cuánto habré sufrido? ¿Cuánto me dolió el alma? Ojalá existiera en el mundo una máquina que midiese fácilmente y con precisión la tristeza. Así podría expresarlo en cifras.

Una máquina semejante jamás cabría en la palma de la mano. Eso pienso cada vez que mido la presión de los neumáticos. 

Entre la segunda y la primera soledad discurre un hondo abismo. Quizá. No es que solamente sea hondo, sino que además tiene una anchura espantosa. Tanto que desde el fondo se eleva una alta montaña formada por los restos de los pájaros muertos que, incapaces de franquearlo de extremo a extremo, cayeron extenuados en pleno vuelo. 

Un buen día, de repente, te conviertes en un hombre sin mujer. Ese día sobreviene de repente, sin mediar el menor indicio o aviso, sin corazonadas ni presentimientos, sin llamar a la puerta y sin carraspeos. Al doblar la esquina, te das cuenta de que ya estás allí. Y no puedes dar marcha atrás.
Una vez que doblas la esquina, se convierte en tu único mundo. En ese mundo pasan a decir que eres uno de esos «hombres sin mujeres». En un plural gélido.

Sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer.






A partir de hoy a la venta.

Maldita sea, casi no sobrevivo a la espera de poder oler sus páginas.

¡Calla puta loca y deja atrás tus parafilias!